El examen a examen
Muchos profesionales de la educación hemos comentado tanto en juntas como en corrillos las alternativas a los exámenes.
Comenzaré haciendo de abogada del diablo y enumeraré sus ventajas:
Innegablemente facilitan un dato numérico fácilmente tratable y demostrable basado en un conjunto de pruebas escritas prácticamente estandarizadas por la tradición para cada asignatura y centro educativo.
La nota numérica final no precisa de interpretaciones, la escala de tanto sobre diez es universal. Este criterio permite establecer unas notas numéricas objetivas para la superación de los niveles educativos y el acceso a programas superiores.
Ahora bien, todas estas facilidades administrativas solo suponen eso: facilidades de trámite burocrático. No quiero negar la importancia administrativa de la educación; pero sí hacer constar que establecer los mecanismos de evaluación desde criterios administrativos y no educativos es como elegir un cirujano por la combinación de autobuses para llegar.
Puede parecer absurda la comparación; pero... ¿Cuántos alumnos han elegido sus estudios superiores (y su destino laboral) por su nota numérica y no por su vocación o talento?
El examen y su modelo de evaluación asumen que el alumno es una especie de máquina procesadora en la se vierten por una parte tantos kilos de conocimiento en tomos y por otro lado deben salir tantos otros de conocimientos memorizados para obtener el paso a la siguiente fase de introducción de conocimiento. Con este modelo hay muchas partes importantes del proceso que se pasan por alto: si el aprendizaje ha sido significativo (o se olvidará después del examen), si la motivación ha variado y es intrínseca (indicador fiable de continuidad del proceso educativo), si ha habido algún subproceso que haya impedido la consecución de más objetivos en cadena...
En mi trabajo diario utilizo la rúbrica y el seguimiento personal (aunque me lleve más horas).
La necesaria evolución del sistema evaluador no va a ser fácil. He puesto un ejemplo muy simple para demostrar que elegir una evaluación por su facilidad administrativa es absurdo; pero es la Administración como tal la que decide el sistema educativo. No solo decide de manera absurda el sistema evaluador; sino también los recursos que destinará al mismo. Establecer una educación completa, personalizada, continua, por subprocesos o por rúbrica y portfolio conlleva recursos, es decir, más dinero que evita gastar la Administración porque, a su vez, el político de turno no quiere destinar más dinero a la Administración porque a su vez, el ciudadano de a pie elige a su político desde su bolsillo.
El juicio sobre la idoneidad de los exámenes en los ambientes educativos tiene veredicto; pero necesitamos el apoyo de las administraciones que, al fin y al cabo, es a las únicas a las que beneficia ese sistema evaluador. Estamos a expensas de las políticas educativas debido a la alternancia de presidencia de gobierno. En vez de invertir, en cambios metodológicos (que seguro que serían mucho más efectivas), se invierte en el cambio de políticas educativas.
Comentarios
Publicar un comentario