Cómo la evaluación contribuye al éxito


Lo primero será establecer qué entendemos por éxito en un ambiente salesiano. Los centros salesianos tienen un carácter particular que diferencian su concepto de “éxito” del de, por ejemplo, una universidad laica y privada de administración de empresas.
El triunfo profesional, si no va acompañado de un enriquecimiento personal individual y hacia el entorno, no se podrá considerar éxito desde una óptica salesiana. El concepto de buenos cristianos y honrados ciudadanos es un buen resumen del éxito para este estilo particular de enseñanza.

La evaluación es una herramienta que permite orientar el proceso de enseñanza/aprendizaje de la misma manera que los instrumentos de navegación permiten llegar a buen puerto al navegante.

La evaluación es un mirar atrás para ver las cosas que hemos hecho bien y las que hemos hecho mal para poder optimizar cualquier tipo de aprendizaje en el entorno.

La evaluación no es un término limitado al ámbito académico. Cuando un niño pequeño se quema con una chimenea y no se acerca a una vela, está utilizando los conocimientos de pasado para mejorar sus acciones en un futuro; es decir, todo aprendizaje requiere de evaluación en tanto en cuanto todo ser racional valora las consecuencias de sus actos.

Hay aprendizajes sencillos e inmediatos en los que la evaluación en forma de feedback se recibe tras la acción (caso anterior); no obstante la complejidad de los aprendizajes escolares, de formación profesional, y/o universitarios exige un grado de abstracción para poder valorar correctamente los resultados de estos aprendizajes y el fin que se pretende con los mismos.

El educador/orientador debe ser capaz de transmitir al alumnado la información precisa para la consecución de sus objetivos: a priori académicos y, a posteriori, personales; ya que, como defendía Ortega y Gasset en su artículo “Unas lecciones de metafísica”, los aprendizajes que calan en el interior del estudiante lo enriquecen como persona.

Hasta hace unos 50 años el modelo de clase magistral imperante, junto a la falta de nuevas tecnologías, hacían que la práctica totalidad del conocimiento adquirido y su valoración llegasen a través del educador. Afortunadamente, el incremento del acceso a la información y de las nuevas tecnologías ha hecho del educador un guía dentro del proceso de enseñanza/aprendizaje en el que la carga de contenido conceptual no es provisto por el educador.

En este segundo supuesto, que es el que se da actualmente, la evaluación se revela como la herramienta que guía al estudiante hasta el punto de conocimientos (actitudinales y técnicos) necesarios para desarrollar su futura profesión o mejorarla.

Esta evaluación no atañe únicamente al educando; sino que proporciona una valiosa retroalimentación al educador; por lo que la evaluación no sólo orienta al estudiante.

Después de todos estos conceptos desarrollados, queda uno igual de importante: el respeto del proceso evaluador.

En tiempos anteriores el proceso evaluador, además de ser únicamente un sistema de recompensas y castigos en el que se valoraba el grado de asimilación de los contenidos memorizados, no se tenía en cuenta la individualidad del alumnado.

El alumnado no es una masa inerte ni una materia prima que se trabaja para obtener un producto.

El proceso evaluador, después de todo lo expuesto, se dibuja como una proceso interactivo y bidireccional en el que el educador, teniendo en cuenta la individualidad del alumno, lo encamina hacia los conocimientos y experiencias necesarios para el aprendizaje de su disciplina, anteponiendo al alumno como persona única al grado de asimilación de los contenidos.
Estudiante (como diría Ortega) es el que tiene la necesidad intrínseca de aprender algo y, de esta afirmación, podemos deducir que la evaluación óptima del educador es la que consigue encauzar la satisfacción de esa necesidad del estudiante hacia el éxito: académico y personal; aunque, en algunos casos, esta orientación exija que el educador deba hacer de espejo y sugerir un cambio en el programa de estudios comenzado por ver discrepancias vocacionales de relieve. No será tanto el indicar lo que no se ha conseguido; sino el reflejar para qué sirve lo conseguido.

Tras el visionado del vídeo del Circo del Sol, en los que se observan respeto, exigencia y precaución, he reafirmado esta manera de pensar sobre el proceso evaluador como parte del proceso orientador hacia el éxito personal del alumnado.

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