¿Y si evaluamos la evaluación?


Con esta pregunta quiero abrir una exposición partiendo del modo en que hemos sido evaluados como alumnos de la EGB y de la LOGSE inicial como sujetos pacientes para llegar a valorar adecuadamente nuestro papel actual como docentes y agentes importantes del proceso de evaluación. Una pequeña introspección: desde dónde venimos, dónde estamos y hasta dónde queremos llegar como los actuales profesionales. 

Durante generaciones hemos ido al colegio; recibido una serie de lecciones magistrales (en el sentido técnico de la palabra: con el maestro como única fuente de conocimiento en la clase); hecho los deberes del libro en casa; memorizado los párrafos del libro; reproducido los contenidos del libro en los exámenes del final de la evaluación y recibido un boletín de notas que nuestros padres firmaban. 

La fuente del conocimiento en este sistema: el maestro. El único agente evaluador en este paradigma de la escuela tradicional: el maestro. El sujeto paciente de ser evaluado: el alumno. Los mecanismos para intervenir cuando los resultados del boletín de notas no llegan al número esperado: el castigo de los padres en casa y la repetición de curso en el colegio… y si sigue sin funcionar… es que es un vago redomado o que sus padres no lo han puesto en “su sitio”. 

Creo no exagerar al plantearlo con este ejemplo; porque lo hemos vivido todos los de nuestra generación. A partir de la LOGSE
se empezó a ver algún cambio hacia unos intentos de evaluación continua; pero muy leves y dependiendo de la voluntad innovadora del profesor. 

¿Cuántas vocaciones conocemos frustradas o cercenadas a una parte de su potencial por este sistema? ¿Cuántos de nuestra generación han estudiado algo acorde con su “mejor nota” y no con su vocación? 

Y la gran mayor parte de estos desastres y otros como el “fracaso escolar” pueden explicarse partiendo de una mala praxis del proceso evaluador: algo así como no hacerle a un paciente un análisis de sangre y decir luego que murió porque no se cuidaba. 

Por cierto, me parece un nombre muy apropiado “fracaso escolar”; porque indica que no es un “fracaso alumnar”; sino de la Escuela como institución. 

La planificación en bloques y evaluaciones orales/escritas al final de cada tema y/o evaluación venía hecha: no había nada que innovar. 

Cuánto hubiese cambiado la historia de muchas personas si del hecho de no entender una división con decimales se hubiese dado otra retroalimentación que no fuese un 2 en el primer trimestre; pero tampoco se puede pecar de idealismo: la atención individualizada exige recursos tanto personales como tecnológicos. 

Una evaluación más humana pasaría por el trabajo previo de descomposición de cada actividad y contenido en los hitos de comprensión y asimilación necesarios para su aprendizaje acompañados de una batería de recursos que facilitar al alumno para el trabajo en cada uno de ellos. Evaluar cada unos de esos hitos en su medida y la progresión general daría una medida más aproximada del trabajo real. Por otra parte, y partiendo de ideas como la Zona de Desarrollo Próximo de Vygotski otra idea (si hubiese los recursos necesarios) podría ser el guiar personalmente al alumno en el proceso de cada hito que le genere dificultad. Hay alumnos que por un problema de comprensión de una división, como decía antes, pueden acabar haciendo una bola de nieve que los aleje de las ciencias. 
Si el maestro interviene en ese momento como guía o favorece una metodología en la que los alumnos que sí dominan ese hito le ayuden a superarlo, podría conseguir que ningún alumno se quedase atrás. Einstein decía que todos somos grandes ignorantes; pero que no todos ignoramos las mismas cosas. 

Por ejemplo: una actividad teniendo en cuenta este planteamiento para una actividad grupal dada en la que hay que hallar el área de una silueta (descomponible en polígonos regulares o en partes del mismo): 

Habrá que valorar el nivel inicial de partida y hacer equipos homogéneos. Conocer las figuras y el cálculo de sus áreas, valorar si no se conoce un área el cálculo las figuras más simples que lo componen, demostrar al final de la actividad por qué un resultado no es correcto y otro sí, exponer en debate cada alumno los puntos de dificultad en la tarea y proponer otras actividades de refuerzo para cada hito y cada alumno o bien proponer una nueva actividad grupal si las dificultades pueden agruparse. Esta última parte produce una autoevaluación productiva en el alumno y le indica el aspecto a trabajar sin sentirse inferior. 

Volver a plantear la misma actividad con otra figura al día siguiente o en breves días para que provoque una autoevaluación positiva y una motivación intrínseca hacia el cálculo. 

Planificar, finalmente, la siguiente clase para reforzar lo aprendido, tanto en cada hito de la actividad como cada uno de los que haya provocado un conflicto especial. Valorar y reforzar el trabajo de los que hayan trabajado después los hitos con dificultad voluntariamente. 

En esta actividad se trabajaría además, transversalmente, el trabajo en equipo y el grupo escolar. 

Actividades como la expuesta y llevadas de esa manera proporcionan una evaluación casi diaria y productiva, es decir, no solo sirve para calificar numéricamente; sino que motiva, guía, provoca un aprendizaje ligado a la emoción y aumenta en primer lugar el autoconocimiento y la autoestima. 

Y es que, desgraciadamente, en la Escuela, el trabajo que lleva más tiempo es la calificación de exámenes, cuando debería dedicarse, por humanidad y cordura, a la preparación de sesiones inteligentes, amigables para el estudiante y a dotar de herramientas para superar cada hito a todos los alumnos independientemente de su capacidad funcional.

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