Experiencia de Aprendizaje
Aterrizaje forzoso en un taller de soldadura.
Cuando comencé a trabajar en la educación, mientras terminaba la segunda carrera, mi primer destino fue como educadora un taller de soldadura de PCPI y de cursos de INEM. En ese ambiente completamente masculino y destino de muchas personas apaleadas por la vida pude ver cómo algunas personas rehacían su vida desde la nada y otras seguían igual.
Los conflictos puntuales a veces terminaban con violencia y pude contemplar muchas muestras de inteligencia emocional que la experiencia les había dado tanto a los compañeros de trabajo como a los chavales, que en algunos casos ya sabían el latín de la calle.
Tenía miedo a no poder encajar en ese ambiente, a no saber cómo poner los límites o a afrontar algunas situaciones.
Recuerdo aquellos primeros días como un periodo de novedad continua. El haberme expuesto a aquellas situaciones sobre las que reflexionaba por las noches me abrieron mi comprensión sobre muchas formas de vida, de organización familiar y, al fin y al cabo, sobre las consecuencias que pagan los menores en una sociedad en plena crisis económica, con familias desestructuradas y, en muchos casos, con consumos asociados.
Tanto el uso de la cercanía como el del refuerzo positivo me ayudaron en esta fase en la que, ante los nuevos retos, recordé y comprendí sin saber muy bien todavía qué era lo mejor que podía hacer.
Nietzsche decía que “lo que no me mata me hace más fuerte”… y aquello casi me mata… al principio.
El tiempo fue pasando y poco a poco iba aplicando todas aquellas conclusiones de ese periodo y de aquellas interacciones de grupo casi primitivas en las que había toda una jerarquía de machos alfa o, eso pensaba.
Lo primero que hice para meterme en aquel ambiente como uno más siendo una veinteañera todavía universitaria fue adoptar el aspecto de uno más del taller: botas de protección, pantalones azules, gafas de sol para evitar las quemaduras de la autógena, prendas amplias de manga larga… que había que pelar cable de cobre, a pelar cable de cobre con los chavales, que había una juerga montada.. al medio de la juerga.
La rotura de las presunciones de género que traían estos alumnos al tener una educadora joven que podía acompañarlos y trabajar con ellos como uno más sin dejar de ponerles las pilas si les hacía falta resultó positiva tanto para el grupo de alumnos como para mí.
Esta cercanía con los alumnos (aplicación) abrió nuevas vías de aprendizaje a través de análisis de las interacciones: algunos veían la presencia de una figura maternal en la educadora y hablaban de sentimientos que nunca hubiesen hablado con otros compañeros de taller iniciando, en algunos casos, procesos de curación de eventos pasados y una apertura a una nueva realidad sin esas cargas.
La evaluación de estos años iniciales me llevaron a conclusiones que cambiaron mi punto de vista de los talleres profesionales fuertemente estereotipados.
Es difícil sacar solo una conclusión; pero la que más me ayudó en mi vida profesional posterior fue que:
Cuanto más frágil es el interior y más dañado está, más fuerte es la coraza que se finge tener para protegerlo de nuevos daños.
Mi objetivo cuando empecé era educar y acompañar. Ahora sigue siendo el mismo; pero el significado de esas palabras ha enriquecido su semántica de una forma difícilmente explicable.
Las conclusiones que saqué pasando por todo este proceso de aprendizaje profesional y personal me han servido para mi trabajo posterior de orientación y, aunque algunas intervenciones comiencen como tormentas, sé que en el fondo solo está la mano de un niño intentando agitar el agua para que parezca brava.
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